Al final, son los actos los que nos delatan, los que dicen cómo somos, los que demuestran la verdad que el individuo se niega a mostrar por miedo o cobardía (ambas cosas están íntimamente ligadas). En una tumba, ese hombre se ha negado a introducir a la muerta y, a cambio, ha hecho un pequeño lago, repleto de estrellas de mar en su interior. Mi padre murió y dos semanas después fuimos al cementerio a recordar lo que todos tratábamos de olvidar por rencor hacia él. Llegó el aburrimiento y comencé a jugar con un sobrino de siete años, enclenque, al que por una extraña razón, le gustaba el movimiento exagerado, carreras y golpes sin sentido. Nos estábamos riendo, eso lo recuerdo. Le empujé en un descuido y el niño se cayó en el interior de una tumba cavada, aun sin muerto disponible. Mi cuñada entró en cólera, los insultos se hicieron presentes y yo no podía dejar de mirar al niño que, en el interior de ese agujero, esbozaba una gran sonrisa y me daba las gracias con los ojos por tener algo que contar en el futuro.